Las relaciones entre la Argentina y Brasil forman parte de un patrimonio estratégico que trasciende los desaciertos circunstanciales, las ofensas innecesarias y los gobiernos de turno. Los gobernantes pasan. Argentina y Brasil permanecen.
La representación internacional de la Argentina merece prudencia, profesionalismo, visión de futuro y una clara comprensión de los intereses permanentes de la Nación. Nuestra política exterior no puede quedar sometida a impulsos personales, afinidades ideológicas, provocaciones públicas, conveniencias electorales ni otras disputas propias de la política doméstica.
Basta mirar todo lo que hemos construido junto con Brasil, y todo lo que todavía podemos construir, para comprender la dimensión de esta responsabilidad. La cooperación entre nuestros países es fundamental para contribuir a que nuestros pueblos vivan mejor, para que se fortalezcan las democracias, para preservar el Estado de derecho, la justicia y la seguridad de sus habitantes. Para promover el desarrollo económico y defender nuestros intereses comunes. Una buena relación es mucho más necesaria en un escenario internacional cada vez más anárquico y complejo.
A lo largo de nuestra historia común, con Brasil atravesamos etapas de plena coincidencia y también momentos de diferencias. Es natural entre dos naciones con el peso, la personalidad y la relevancia de las nuestras. La verdadera fortaleza de una relación estratégica no se mide tanto por la ausencia de desacuerdos. Se mide más por la capacidad de administrarlos y superarlos con respeto, inteligencia y sentido de la responsabilidad.
Una política exterior supone expresar las convicciones propias y las diferencias a través de los canales institucionales adecuados. Algo básico y elemental es evitar que los pronunciamientos deterioren vínculos fundamentales para el desarrollo, la seguridad y la inserción internacional de nuestro país. Gobernar también significa saber distinguir entre las preferencias individuales de un mandatario y las obligaciones que impone la defensa del interés nacional.
Los insultos, las descalificaciones y los gestos de hostilidad debilitan la posición de la Argentina, reducen su capacidad de interlocución y generan costos que paga, y pagará, toda la sociedad. La diplomacia requiere firmeza cuando corresponde. Pero sobre todo requiere de inteligencia, previsibilidad, responsabilidad, sentido de oportunidad y respeto.
Las diferencias pasan. Los gobiernos cambian. Lo que permanece es la necesidad de sostener una relación que constituye un patrimonio común y que debemos cuidar con serenidad, responsabilidad y visión de futuro.
Lo que nos une como argentinos con Brasil es mucho más profundo y trascendente que los gestos irresponsables.
Tenemos, además, el derecho y la obligación de exigir a nuestros gobernantes altura de miras, visión de estadistas y plena conciencia de que la política exterior es una política pública esencial. Los intereses permanentes de la Nación jamás deben quedar subordinados al temperamento de una persona, a conveniencias facciosas ni a una estrategia de confrontación destinada al consumo interno.
El actual gobierno argentino actuó en contra de los intereses argentinos. Este gesto conspira contra nuestro prestigio, y traerá más incertidumbre diplomática y económica, más turbulencias que van en contra de las necesidades y los intereses de nuestro país. El gobierno sacrificó seriedad y previsibilidad en favor de la agenda electoral y de fomentar discursos de odio.



