La difusión del nuevo informe de la Universidad Católica Argentina confirma una realidad que interpela: en nuestro país persisten niveles muy altos de pobreza infantil y profundas desigualdades que condicionan el presente y el futuro de millones de chicos.
Los últimos datos muestran cierta mejora respecto de años anteriores. Es una buena noticia. Pero el cuadro general sigue siendo alarmante e inaceptable: el 53,6% de los niños, niñas y adolescentes atraviesa situaciones de pobreza y el 10,7% vive en la indigencia.
El problema excede largamente la cuestión de los ingresos. Según el relevamiento, el 28,8% de los chicos sufre inseguridad alimentaria, y una parte importante la padece en niveles severos: que casi 3 de cada 10 chicos no acceden a una comida adecuada de forma regular. El crecimiento de un niño con incertidumbre respecto de la comida diaria compromete la salud física y afecta el desarrollo cognitivo, emocional y educativo.
Nos preocupa también el deterioro en el acceso a la salud. Que numerosos chicos hayan suspendido consultas médicas u odontológicas por razones económicas refleja una falla grave del sistema de protección social. La prevención y la atención temprana no pueden depender de la capacidad de pago de cada familia.
Las condiciones de vivienda también muestran una deuda pendiente. El informe señala que el 18,1% reside en viviendas precarias, el 20,9% vive en situación de hacinamiento y el 42% habita hogares sin saneamiento adecuado. Estas carencias generan enfermedades evitables, dificultan el estudio y reproducen desigualdades desde la infancia.
El informe además vuelve a poner en evidencia fuertes brechas territoriales. No todas las regiones viven la crisis del mismo modo. Hay zonas del país donde la vulnerabilidad es más intensa y sostenida, lo que exige políticas diferenciadas, presencia estatal inteligente y una mirada verdaderamente federal.
Valoramos, y defendemos, el rol de los programas alimentarios y de transferencia de ingresos que amortiguan emergencias sociales. Pero ninguna asistencia sustituye la necesidad de trabajo estable y salarios suficientes. La pobreza infantil tiende a repetirse generación tras generación si para madres y padres no hay empleos de calidad.
Un elemento central es la persistencia de la inflación y el deterioro del empleo. Son factores que impactan de manera directa en los hogares con niñas y niños. El desempleo, la creciente informalidad laboral y la precarización en aumento dejan a muchos hogares fuera del sistema de protección social y dificultan seriamente la posibilidad de salir de la pobreza de manera sostenible.
Respecto de las políticas de seguridad alimentaria es importante resaltar que es necesario actualizar la Tarjeta Alimentar y el Programa Progresar con el mismo índice automático de la AUH. Son preocupantes en especial la calidad de las trayectorias escolares, atravesadas por las interrupciones en los aprendizajes, desigualdades persistentes y crecientes dificultades para sostener recorridos educativos completos y significativos.
En el mismo sentido, se advierte que falta implementación de la ley de emergencia en discapacidad excluye a niños, niñas y adolescentes para acceder a los servicios que la ley garantiza, y a sus derechos para que puedan tener el mejor desarrollo posible.
No puede naturalizarse que tantos chicos crezcan con privaciones. La Argentina necesita convertir a la niñez en prioridad nacional. Eso requiere acuerdos básicos, continuidad en las políticas públicas y metas concretas en nutrición, salud, educación y vivienda.



